La aventura de aprender

     Hoy en día la tecnología está avanzadíiiiisima y, aún así, se queda obsoleta de un día para otro. Me gusta mucho la serie Black Mirror, en la que se muestra lo que el ser humano es capaz de hacer con ella. Unas veces para bien y, otras, para no tan bien… Como todo en la vida.

     Me sigue fascinando ir paseando y que un avión surque los cielos. ¿Cómo es posible que un cacharro tan pesado pueda volar? ¿Y qué hay de los instrumentos musicales? Y así podría enumerar una larga lista de increíbles inventos del ser humano. Pero claro, también está la otra cara de la moneda: las guerras, por ejemplo. Por desgracia, esto también es obra de las personas.

     De todo, me gusta quedarme con lo bueno (y asumir lo malo, qué le vamos a hacer). Así que, la historia de hoy va de cómo la tecnología puede ayudar en algo tan bonito como la enseñanza. Espero que te guste. ¡Nos leemos!

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La aventura de aprender

     Era el primer día de clase para Álex (el profesor de flauta) y para Carolina (su primera alumna). Estaba muy nervioso y a la vez tenía muchas ganas de empezar. Le parecía que las clases individuales de música eran un privilegio. Y tenía toda la razón. El hecho de tener a una persona en el aula, no solo te permite personalizar todos los contenidos, sino también estrechar una bonita relación entre las personas y la música.

    Carolina estaba muy ilusionada por aprender a tocar la flauta, pues era el instrumento favorito de su abuelo materno. Pero también estaba hecha un manojo de nervios: ¿sería simpático su profe? ¿O tendría mal carácter? ¿Y si no lo hacía bien, no sabía soplar o respirar…?

     Llegó el momento de la primera clase para los dos… Y estuvo bien, pero a la vez fue un chasco. No era tan fácil enseñar a una niña de 8 años a respirar, sujetar el instrumento y soplar. Carolina lo había hecho genial. Había estado muy atenta y, por su parte, Álex se había esforzado mucho y se había explicado con bastante claridad. Pero los dos debían seguir trabajando. El resto de la tarde tuvo más alumnos, pero ninguno con las ganas de aprender que tenía Carolina.

     Conforme pasaban las semanas, Álex no dejaba de buscar información para enseñar a su alumna de primer curso. Por fin, descubrió una herramienta tremendamente útil: la tecnología. Y, sin pensárselo dos veces, se descargó un programa en el portátil y lo llevó a la siguiente clase. No podía creer el resultado, especialmente con la pequeña Carolina. En una sesión de una hora, había avanzado una barbaridad. ¡Y se había divertido!, que es de lo que se trataba. A partir de ahora, lo usaría siempre.

   Llegaron las vacaciones de Navidad y Álex y Carolina se despidieron con pena. Comentándolo con otros compañeros, Álex era de los pocos que echaba de menos su trabajo en los días festivos. Lo suyo era auténtica vocación. Siempre decía que a la vez que enseñaba, aprendía. Y que el día que dejase de hacerlo, estaría muerto.

    El primer día de vacaciones, Carolina fue a casa de sus abuelos, ya que sus padres tenían que ir trabajar. Y se llevó los deberes, la tablet… ¡Y la flauta! ¿Cuántos niños llevan el instrumento consigo? Qué contento se pondría su profesor si lo supiera. Pues sí que lo supo. ¡Vaya si se enteró!

     Después de hacer un poco de deber del cole y jugar con la tablet, Carolina abrió el estuche y montó su flauta. Se puso a estudiar una partitura nueva y le asaltaron las dudas. ¿Cómo era esa posición?

     – Uy no, esos dedos no. A ver así. Uy, tampoco. ¡¡Yayaaaaaaaa!! ¡¡Socorroooooo!!

    A su abuela casi le da un pasmo al oír los gritos de su nieta. Acudió corriendo a la habitación y se la encontró medio llorando con la flauta en la mano.

     – ¿Qué te pasa? – preguntó sin aliento

    – Es que mi profe me enseñó una nueva posición con un programa de ordenador y no me acuerdo… ¡Y no tengo el programa!

     La abuela se echó a reír.

    – No te rías, Yaya, que esto es muy serio.

   – Vale, déjame pensar, a ver qué podemos hacer. Si es taaaan grave, podemos pedirle a tus padres el teléfono de tu profesor y preguntarle.

    – ¡¡Síiii!! ¡Qué buena idea! ¡Eres la mejor!

    Y así lo hicieron. Consiguieron el teléfono de Álex, pero la abuela pensó que si le llamaban quizá podrían molestarle. Lo mejor sería enviarle un WhatsApp.

    – Hay que ver, esto en mis tiempos no existía.

     La señora empezó a escribir a paso de tortuga y con el corrector boicoteándola.

     – Trae, Yaya, que yo me encargo. Le voy a enviar una nota de voz y acabamos antes.

     Apretó el botón de grabar audio y le dejó este mensaje:

    – Álex, ¿me puedes pasar el programa de ordenador para estudiar en casa? Es que no me acuerdo de cómo iban los dedos en la posición nueva…

    Álex estaba teniendo un mal día y se encontraba haciendo la compra cuando su móvil vibró. Casi se le saltan las lágrimas. ¡Pero qué alumna más encantadora y aplicada! Le contestó enseguida y por respuesta recibió un “gracias, muchíiiiisimas gracias”, el más sincero que había escuchado en su vida. Entonces, se dio cuenta de cuánto podía ayudarnos la tecnología (siempre y cuando la usáramos bien) y que, solo por esos pequeños detalles, todo lo demás valía la pena.

 

2 comentarios sobre “La aventura de aprender

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