Puntos suspensivos

Me hacen mucha gracia los puntos suspensivos. A veces los utilizamos para sugerir, para dejar volar a la imaginación, para poner fin a una enumeración que no sabemos cómo terminar… El caso es que suelen estar infravalorados para la valiosa función que cumplen.

Así, sin más, te dejo con la historia de este martes. Espero que te guste y, recuerda, no subestimes a nada ni a nadie, ni siquiera a unos puntos suspensivos…

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 Puntos suspensivos

     Hace algunos años, cuando el What’sApp no existía, algunas personas se comunicaban mediante mensajes de texto, correo electrónico… Y correo ordinario. Siempre me ha parecido que las cartas tienen un punto romántico y es una lástima que se haya perdido la costumbre de escribir a mano. Y así lo creía también Assunção, la protagonista de nuestra historia. Un día, entró por casualidad en un chat de nostálgicos en el que la gente daba una dirección postal para que le enviasen cartas. Le pareció una buena idea, así que dejó la suya y apuntó un par al azar.

     Assunção, portuguesa de nacimiento, tenía veinte años y trabajaba en un hotelito en Albufeira, un pueblo del Algarve con encanto y marcha a partes iguales. Aún faltaba un mes para la temporada alta, así que tocaba aprovechar el tiempo libre al máximo. Una noche de insomnio, decidió escribir las cartas y enviarlas a las direcciones que había anotado del chat. Redactó unas pocas líneas presentándose de manera graciosa e invitando al destinatario a seguir en contacto. Las dos cartas eran idénticas, solo que una fue para el buzón de Caetano y la otra para el de Cristóvão.

   Casualmente, los tres eran de la misma zona: Assunção (centro-sur de la región), Caetano vivía en Lagos (al suroeste) y la dirección de Cristóvão era de Faro (sureste). Vamos, que Assunção quedaba en medio de los dos chicos. Y, como un presagio, así lo sería en sentido literal y figurado.

     Cristóvão fue el primero en responder a su carta. Parecía bastante formal escribiendo (algo que le pareció normal, ya que era algo mayor que ella). Se despedía invitándola a pasar un fin de semana. Assunção no sabía si pensar que estaba siendo lanzado o educado, así que decidió responder en un tono neutral y elegante. Y con pocos puntos suspensivos, para no dejar nada abierto a otra interpretación.

    Por su parte, Caetano tardó un poco más en contestar, pero le encantó su manera de expresarse. Era muy divertido y, aunque no había ninguna invitación que se pudiese leer entre líneas, utilizaba mucho los puntos suspensivos. Ese pequeño detalle cautivó a Assunção. Decidió que, al igual que había hecho él, también debía tomarse su tiempo para volver a escribirle. Mientras tanto, la respuesta para Cristóvão iba en camino.

     El tiempo iba pasando y, sin darse cuenta, Assunção recibía una carta semanal de cada uno. Se lo pasaba muy bien leyéndolas, le parecía un juego. Pero resultó que Cristóvão tenía otras intenciones… De repente, y sin previo aviso, un día se presentó en el hotel donde trabajaba Assunção, ya que era la dirección desde la que escribía. Pese a su juventud, era muy prudente y nunca se le hubiese ocurrido decirle a unos desconocidos dónde vivía.

     Suerte que era su día libre y no se encontraba allí, así que Cristóvão se volvió loco intentando localizarla por toda Albufeira: subió al castillo, la buscó por las callejuelas empedradas del casco antiguo, creyó verla en un local del Strip (la zona para salir de fiesta)… Pero no era ella. Ni rastro de la chica. Quizá la foto que le había en la última carta era falsa…

     Sin más, Cristóvão volvió a Faro bastante enfadado, no sin antes dedicarle una carta (la última) un tanto desagradable a Assunção.

     Paralelamente, Caetano se había ido ganando su confianza. En cada carta se contaban más secretos que en la anterior, detalles sobre sus vidas que nadie (o casi nadie) más conocía. Rellenaban folios y folios, y escribían muchos puntos suspensivos… Assunção empezaba a cansarse del juego y tenía muchas ganas de conocer en persona a Caetano. Habían intercambiado sus fotos, pero él le había enviado una en la que salía con gafas de sol, así que no podía ver sus ojos. Ella se molestó bastante por esto. Después de tanto tiempo contándose intimidades y ni siquiera podía ponerle una cara completa al chico.

     La cosa se enfrió un poco, hasta que Caetano se lanzó a quedar… No se sentía muy seguro de la propuesta, e inmediatamente después de llevar la carta a correos, se arrepintió. Pero decidió que ya estaba hecho y que ya era hora de encontrarse cara a cara, pues sentía que estaba perdiendo a Assunção. Asumía el riesgo, como lo había asumido otras veces y había resultado un fracaso. Pero algo desde dentro le decía que esta vez sería diferente.

     Por su parte, ella había perdido un poco la confianza en Caetano. Pensó que quizá él no era el chico de la foto, o que escondía algo… Así que, cuando este le propuso quedar, ella aceptó decidida a terminar cuanto antes con el jueguecito que ya le estaba cansando.

     Caetano, original como él solo, ideó una quedada en la playa de Albufeira. Ambos deberían estar frente al restaurante Ferreiras y llevar gafas de sol, gorra y un sobre en la mano. El chico llegó puntual y solo tuvo que esperar cinco minutos para que Assunção apareciese. Fue ella la que se acercó y preguntó:

     – ¿Caetano?

     – ¡Sí!, ¿Assunção? Tu voz es aún más bonita de lo que había imaginado…

  Hasta cuando hablaba, los puntos suspensivos podían percibirse. Assunção se sorprendió del abrazo que le dio, un poco torpe. Pensó que estaría nervioso. Caetano rompió el hielo preguntando por la historia de su pueblo. En algún sitio había leído que en Valencia, una ciudad española, había un lugar llamado Albufera… Ella le explicó que ambos topónimos venían del árabe Al-Buhera (“pequeño mar” o “lago”), y así satisfizo su curiosidad.

    Era la hora de comer, y todo el mundo a su alrededor lo festejaba. Es típico en Portugal eso de relajarse en la mesa. Pero, tras sus gafas de sol, Caetano tenía la mirada perdida hacia el mar, o hacia el horizonte… Assunção no sabía muy bien qué pensar. ¿Sería tímido y alguien le había estado ayudando a escribir las cartas? Pero no le cuadraba por el comentario que le había hecho nada más verla. Estaba totalmente descolocada. De repente, pensó en voz alta:

    – ¿Qué me estás ocultando, Caetano?

    El chico dio un respingo y una lágrima se deslizó por su mejilla derecha.

   – Voy a contarte algo que debería haberte dicho antes. Si, después de saberlo te vas, me dolerá muchísimo pero quiero que sepas que lo entenderé.

   Ella se estaba asustando: ¿tendría un hijo?, ¿sería un asesino en serie?… Su cabeza iba a mil por hora y creía que de un momento a otro le iba a estallar.

  – Soy ciego

  – ¡Ah! ¿Era eso? – le contestó ella soltando una carcajada.

  Él no entendía por qué se reía. Pero es que no tenía nada que comprender. Simplemente, ella le dio otro abrazo (esta vez más largo), tomó su mano y se alejaron por la arena dibujando, con sus pasos, unos puntos suspensivos…

   Con tu permiso, esta historia va dedicada a mi madre. Su amor incondicional y su entrega son infinitos. Como el mar…

 

 

 

 

4 comentarios sobre “Puntos suspensivos

  1. Una tierna historia, Lola. Me ha gustado mucho. Pero, ¿por qué será que siempre somos los chicos los que tenemos que dar el primer paso? ¿No hay algo de micro-machismo en tu historia?
    B7s.

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    1. Pedro, bonico!! Lamento que se haya entendido así… Justamente, con el personaje de Cristóvão quería denunciar la situación de acoso a la que a menudo nos vemos sometidas las chicas. Esto hace que nuestra protagonista llegue a desconfiar de Caetano… Agradezco tu observación y prometo escribir una historia en la que la chica tome la iniciativa ; ) Un abrazo!!

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