Con…tacto

     A diario compruebo el miedo que tiene la gente a tocarse y que le toquen (en el mejor de los sentidos de la expresión). Tenemos el sentido de la vista hiperdesarrollado, el del oído subestimado, el del olfato medio atrofiado, el del gusto no muy bien educado… Y el del tacto, olvidado. Pero ¿cómo no va a estar casi prohibido tocarse, si la gente se relaciona a través de pantallitas? Se han perdido las charlas en los parques, los cafés, los paseos…

     Una vez más, quiero pensar que no todo está perdido y que, en algún momento, esto cambiará y nos iremos al lado opuesto: todos estaremos hipersocializados y, al final, tendremos que buscar un punto medio para no volvernos locos.

     Yo soy muy de tocar, me gustan las cosas y las personas reales, de carne y hueso. Que te miren a los ojos cuando te hablen, sobre todo si tienen algo importante que decirte. Así que, la historia de hoy tiene mucho que ver con el sentido del tacto. Espero que te guste y que sigas disfrutando del contacto con la gente. ¡Hasta el próximo martes!

www.lolamartinez.es

 

Con…tacto

     Javi llegó a Marruecos por casualidad, como tantas otras cosas en la vida. Hacía tiempo que tenía ganas de ir, pero no acababa de dar el paso. Estaba en una especie de estancamiento, bajo de energía… Así que, cuando sus amigos se lo propusieron, solo tuvo que aceptar. Le esperaban dos semanas de vacaciones para descubrir el norte de África.

     Carolina era periodista y tenía que marchar rápidamente a Marruecos a cubrir una noticia: las cascadas de Ouzoud (ubicadas en el centro del país y a unos 150 km de Marrakech) estaban en peligro. Este maravilloso paraje natural era uno de los mayores atractivos turísticos y un empresario, rico y sin escrúpulos, había decidido construir un complejo hotelero allí mismo.

     Había un gran revuelo en la zona y las asociaciones locales ya se estaban movilizando. Había gente en huelga de hambre, otros se estaban encadenando a los árboles que había por el camino de acceso a las cascadas… No querían que destruyesen su bien más preciado: unos saltos de agua que caen desde una altura de un poco más de 100 metros es un espectáculo imponente. Si a eso le sumamos la belleza del camino de acceso, repleto de olivos (ouzoud en bereber significa ‘oliva’) y antiguos molinos… Su reacción en contra de la destrucción era más que comprensible.

300px-Cascades_d'Ouzoud

     Cuando Carolina llegó a Tanaghmeilt (donde se encontraban las cascadas de Ouzoud), Javi y sus amigos ya llevaban una semana por aquellas tierras. La periodista entrevistó a varios lugareños y, antes de regresar al hotel, quiso visitar un mercadito muy famoso que había en Aït Attab, a unos 25 km de donde se encontraba… Y donde también se encontraba Javi. Ese día tocaba visitar los saltos de agua y toda la zona. La excursión matutina acabaría en el zoco de Aït Attab, con comida incluida en un restaurante muy conocido.

     Carolina nunca antes había estado en Marruecos y todo le parecía muy exótico: los objetos tallados con tanto mimo, el delicioso olor de las especias, el suave tacto de las telas… Era una fiesta para los sentidos.

     En un rincón había un puestecito de libros, muchos de ellos manuscritos escritos por autores locales. Como buena periodista, esto le llamó mucho la atención. Por su lado, Javi que también era muy curioso y le encantaba empaparse de la cultura de los lugares que visitaba, se acercó… Y ambos fueron a coger a la vez el mismo libro. Sus manos se rozaron y, al alzar la vista, una poderosa fuerza hizo que el mundo se detuviese en ese instante. Pero el instante fue bastante breve, ya que de repente todo el mundo echó a correr y a gritar y se vieron envueltos en la marabunta de gente. Esto era habitual: a veces se producía algún robo y, cuando acudía la policía, era un caos total.

     Javi cogió de la mano a Carolina pero, entre tanto empujón, fue imposible mantenerla a su lado. Un río de personas separó a Javi por una calle y a Carolina por otra, mientras seguían mirándose el uno a la otra y la otra al uno. Y ya no volvieron a coincidir. Ella tenía que regresar a la redacción al día siguiente. A él aún le quedaban unos días de estancia con sus amigos… Bueno, más bien se separó de ellos y se volvió loco buscando a Carolina (ni siquiera sabía el nombre de la chica). A veces creía ver sus ojos pero, conforme se acercaba, se daba cuenta de que no era ella.

     Pasaron los años y ninguno de los dos olvidó nunca ese encuentro. Al principio se convirtió en algo enfermizo. Cada uno por su parte idealizaba al otro: el tacto de su mano cogiendo el libro a la vez (que, por cierto, al final ninguno de los dos pudo llevarse con tanto lío…), su mirada, su pelo… Con el tiempo, Javi encontró a una chica que no le atraía ni la mitad de lo que lo hizo Carolina en una décima de segundo. Pero, como tantas otras personas, hizo “lo que tocaba”: casarse, comprarse una casa, un coche, tener dos hijos y un perro. Y, como tantas personas, tampoco era feliz. A su vida le faltaba algo.

     Carolina conoció a algunos chicos, pero tampoco sintió esa conexión especial que le provocó Javi al rozar su mano en el zoco marroquí. Así que, ella siguió su camino sola. De vez en cuando salía con alguien, pero nunca llegaba a nada serio.

     Sin embargo, el destino (si es que hay algo escrito) es caprichoso y quiso juntarlos de nuevo. Javi era biólogo investigador y en su laboratorio habían hecho un descubrimiento que iba a revolucionar el tratamiento contra el cáncer. Todo el mundo estaba eufórico, era una buenísima noticia… Que Carolina tenía que cubrir.

     Javi había sido nombrado portavoz y él iba a ser el entrevistado de Carolina. Habían preparado una especie de plató improvisado entre microscopios y probetas. Y llegó el momento:

     – Carolina, este es Javi, él va a responder a tus preguntas.

     Se estrecharon la mano y alzaron la vista. En ese momento, volvió a desaparecer todo lo demás. Fue como si hubiesen hecho un viaje el tiempo y estuviesen de nuevo en aquel mercado de Marruecos. Sintieron la misma atracción a través de sus manos, sus miradas se cruzaron… Pero esta vez no se volverían a separar… ¿O sí?

     Antes de que Javi pudiese decir “encantado”, sonó la alarma de incendios. No se lo podía creer. En ocasiones, cuando se produce un hallazgo importante en medicina, las farmacéuticas compiten entre ellas por apropiárselo y sacar provecho económico. Es triste que se comercie con la salud de las personas, pero es la realidad. Cuando un avance es “cedido” a una de estas empresas, las demás tratan de boicotearlo y parecía que algo así estaba pasando.

     Javi cogió su cuaderno, en el que estaba toda la información sobre su trabajo y, con la otra mano (en la que llevaba el anillo de casado), cogió la de Carolina. Todo el mundo salió al aparcamiento del edificio, que era lo que el protocolo de seguridad mandaba. Pero Javi, que ya era veterano, conocía otra salida por la parte posterior, que daba a otro edificio de la compañía, que estaban restaurando para convertirlo en oficinas.

     Cuando estuvieron solos y a salvo (realmente, y por desgracia, no se trataba de un simulacro, sino que había un incendio real), hicieron la entrevista, pero no sobre el descubrimiento, sino sobre sus vidas. Carolina estaba un poco reacia porque se había dado cuenta de que Javi se había comprometido con otra persona. Pero este le contó que hacía años que su relación no funcionaba y hacían vida por separado. Si vivían bajo el mismo techo, era por los niños y por la hipoteca. Pero el divorcio era cuestión de tiempo.

     Y así fue. También era cuestión de tiempo que Carolina y Javi estuviesen juntos. Sus manos funcionaban como un imán: dos polos, no del todo opuestos, pero sí lo suficientemente fuertes como para atraerse y no poder separarse.

 

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