Las pequeñas cosas de la vida

     No hay nada como despertarse y quedarse un ratito más en la cama. Una vuelta hacia la izquierda. Otra hacia la derecha. Estás peligrosamente en el borde y te arreglas el embozo de sábanas y nórdico, procurando no caerte de ese lado… ¡Eso es vida!

    Bajas a hacer la compra y te encuentras a un conocido y te paras cinco minutos a hablar… Y te vas a la caja con una sonrisa. O coges una mantita, te pones una peli y te acomodas en el sofá de tu casa…

     Esos pequeños detalles hacen que nuestra existencia sea más feliz. Lo que pasa es que solemos olvidarlos porque siempre vamos con prisas. No hay más que ver las pocas personas que sonríen. Esta es la historia de una niña que disfrutaba de las pequeñas cosas y, con ello, sacaba de quicio a su ocupada madre.

    Cada línea que escribo viene inspirada por una vivencia, algo que he observado en otras personas, una anécdota que me ha contado alguien, un texto que he leído… O, simplemente, dejo que mi imaginación vuele.

   Espero que te guste la historia de hoy y que hagas mucho “la croqueta” ; ) ¡Hasta el próximo martes!

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Las pequeños cosas de la vida

     Como cada día, la pequeña Julia se despertaba a las 6.30. O, mejor dicho, su madre (que también se llamaba Julia) se encargaba de despertarla. Solo tenía 5 años y un horario parecido al de cualquier adulto estresado.

     – ¡Julia! Te he llamado ya tres veces. ¡Levántate de una vez! – le gritaba a su hija desde la habitación de al lado.

     – Mmmm… Mami, estoy haciendo la croqueta. ¡Espera un poquito, por favor!

     Esto desesperaba a su madre. Una vez despierta, no se levantaba de inmediato, sino que la niña se dedicaba a rodar por la cama. ¡Más de una vez hasta se había caído al suelo! Y, aunque se había hecho daño, no había dejado de reír.

     Por fin se levantó y se sentó a desayunar con su habitual parsimonia.

   – Hija, ¿no puedes comer más rápido? ¡Voy a llegar tarde al trabajo! – la madre la llevaba a un colegio de pago que tenía un servicio de guardería de siete de la mañana a siete de la tarde. Mientras, ella hacía su jornada como comercial en una empresa de telefonía.

     – Mami, es que los cereales están buenísimos y me gusta saborearlos.

     – ¡Ay, por Dios! Saborearlos… ¡Lo que me faltaba! – farfullaba mientras la vestía.

    Otro día más que iban justas de tiempo y Julia madre tenía que pisar el acelerador. Vivía en un estrés constante. Por fin, llegaron al cole. Aparcó y llevó a su hija a rastras… Literalmente, porque la pequeña se había parado a oler una flor del jardín que había en la entrada.

     – Esta niña me va a matar de un infarto – decía la madre entre dientes.

     Antes de entrar, Julia se colgó del cuello de su madre y se despidió con un beso.

    Transcurrió el día y, a las seis y media de la tarde, la madre fue a buscar a su hija. Estaba lloviendo, así que aparcó lo más cerca que pudo y, como no llevaba paraguas, salió corriendo del coche y se quitó el abrigo para proteger a su hija. Pero la pequeña Julia se zafó de ella y se plantó a bailar en medio de la lluvia. Pisó tres charcos y empezó a girar sobre sí misma mientras se empapaba ante la atónita mirada de su madre.

     – ¿Pero tú estás loca? ¡Vas a coger una pulmonía!

      La cogió en brazos y la metió en el coche. Estaba muy enfadada. Había tenido un día terrible en el trabajo. Estaban despidiendo gente en la compañía y hoy le había tocado a una compañera a la que apreciaba mucho. Quizá ella era la siguiente… No quería ni pensarlo. Y, para colmo, su hija seguía con sus locuras. Solo quería llegar a casa y dormir. Así que, una vez más, aceleró. Y aceleró. Y aceleró… Hasta que su hija gritó al ver cómo un camión se cruzaba en su camino.

   Afortunadamente, el otro conductor reaccionó a tiempo y los dos vehículos se quedaron cruzados en la calzada, a un palmo el uno del otro. A Julia madre se le cortó la respiración. Se había quedado pálida como la nieve. Su hija lloraba asustada en el asiento de atrás. El camionero fue a ver cómo se encontraban madre e hija y, tras comprobar que estaban bien, siguió su ruta. Esta vez con más cuidado, pues el pavimento mojado es muy peligroso y había estado a punto de tener un accidente.

     – Mami, lo siento. Ha sido culpa mía. Siempre llegamos tarde a todas partes porque yo soy muy lenta y tú tienes que correr con el coche. ¡Perdona! – le dijo entre sollozos.

    Julia madre empezó a llorar. De repente se dio cuenta de la espiral en la que estaba atrapada. Su novio la había abandonado cuando se quedó embarazada porque no quería hacerse cargo de un bebé. Sus padres murieron cuando ella era adolescente y apenas tenía familia lejana a 300 kilómetros. Así que, Julia madre se encargaba de todo sola. Trabajaba muy duro para sacar a su hija adelante y pagar el alquiler, entre otras facturas… Un sinfín de gastos que apenas le permitían llegar a fin de mes. Vivía en un estrés permanente y la parsimonia de su hija conseguía sacarla de quicio.

     El incidente de la carretera le hizo pensar. Estuvo a punto de perder su vida (¡todo!) en un segundo. Eso era lo más valioso que tenía, por encima de su trabajo, su coche… Y la vida de su hija. “¿Qué estoy haciendo?”, se dijo para sí misma.

      – Cariño, ¡no digas eso, por favor! Tú sabes apreciar los detalles que nos ofrece la vida. Yo no. Hasta ahora no. Me enseñas tanto cada día… Solo que no me daba cuenta. ¿Te apetece que bailemos?

     – ¿Dentro del coche?

     – No, fuera.

     – Pero está lloviendo. Antes has dicho que iba a coger una pulmonía.

    – Bah, estaba exagerando. Si nos resfriamos, ¡pues nos tomaremos un Paracetamol y chimpún!

     Julia hija rió con ganas, pues le hacía mucha gracia que su madre terminase las frases con un “chimpún”. Sin más, Julia madre puso la radio y las dos salieron del coche a cantar y bailar bajo la lluvia.

     Qué fácil es juzgar, ¿verdad? Seguro que has pensado que Julia madre era una especie de ogro u orco. Pues no. Esta es la historia de una mujer más que tiene que hacer frente a un montón de responsabilidades ella sola. Y que, como es una persona, también tiene sus límites.

     Mi más profunda admiración a todas las mujeres que luchan. Incluso aquellas que están bajo el yugo de alguien que las oprime, esas también son unas valientes. Lo que pasa es que a menudo la sociedad las señala y las culpa. Injustamente.

     Por último, si me lo permites, me gustaría honrar la memoria de mi prima Fuen, que no solo fue una mujer valiente, trabajadora, independiente, madre ejemplar…, sino toda una fuente (como bien indica su nombre) de inspiración para mí. ¡Te echo de menos, mi prima guapa!

 

4 comentarios sobre “Las pequeñas cosas de la vida

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