El maravilloso mundo de la voz

     Dicen que una imagen vale más que mil palabras… Yo no estoy del todo de acuerdo. Me parece maravilloso que también nos emocionemos a través del sentido del oído. Es curioso cómo, aún viviendo en una época tan visual, a veces lo que escuchamos nos hace llorar, reír, temblar… Si en nuestro proceso evolutivo eso no lo hemos perdido, es por algo.

     Es increíble cómo la voz de alguien nos puede transmitir tanto… No hace falta que sea cantando ni declamando un texto. Puede ser, simplemente, hablando. Por lo que nos está diciendo o por cómo lo dice: con sencillez, con dulzura, con simpatía, con brusquedad… Todo esto nos toca la fibra y nos cala en lo más hondo. Y, sin saber cómo, nos puede hacer llorar. ¿Alguna vez has llorado por algo que te han dicho? ¿De alegría, de tristeza o de rabia? Seguro. ¿Y no has podido controlarlo? Seguro que también.

     Y es que la voz tiene algo mágico, casi esotérico. Como no se ve, te puedes imaginar que ahí dentro pasa cualquier cosa. Y es genial cómo conocemos a la gente por su voz. Imagínate que estás con los ojos cerrados en una sala, y van desfilando personas de tu entorno. Cada una se para ante ti y dice una frase. ¿Crees que reconocerías a todas las voces? Yo creo que sí. ¿O no te ha pasado alguna vez eso de estar en un sitio, escuchar a alguien a hablar y girarte esperando ver al dueño o dueña de esa voz? Que luego igual no era…  A mí me pasó el otro día con una risa, que también está relacionada con la voz, pero no era la persona, jejeje. Y eso me inspiró la historia que os traigo hoy. Espero que os guste. ¡Nos leemos!

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El maravilloso mundo de la voz

     La sala estaba llena de gente que iba corriendo de un lado a otro. El congreso estaba a punto de empezar y todo el mundo estaba nervioso. Marc era un reputado científico y exponía por primera vez, así que… ¡Estaba hecho un flan! Su asistente llamó a la puerta para avisarle de que faltaban 5 minutos para salir, cuando escuchó la risa de Paula en el pasillo. Era una melodía inconfundible para sus oídos. No podía creer que ella estuviese allí. Bueno, sí que podía creerlo. Acababa de caer en la cuenta de que estaba en un edificio muy grande, lleno de salas en las que se celebraban eventos de todo tipo y al mismo tiempo. Aunque igual se trataba de alguien que se reía como ella…

     Efectivamente, Paula era una prestigiosa periodista que estaba allí para dar una charla en la sala contigua a la de Marc. Un selecto grupo de estudiantes de comunicación, que habían venido desde diversos países del mundo, la estaba esperando con la ilusión de un niño que espera su regalo de cumpleaños. Era famosa por sus publicaciones y, sobre todo, por sus ponencias, en las que transmitía un chute de energía a los jóvenes periodistas que estaban empezando. Todos quería ir a sus charlas motivacionales.

     El caso es que Marc creyó escuchar la risa de Paula y, en ese preciso instante, sintió que su corazón se paraba. La realidad era que no solo no se le había parado, sino que ahora le latía más deprisa. Sus manos temblaban y estaba empezando a sudar.

     Y es que, si lo piensas: ¿cómo se ríe la gente? Es algo fascinante. Cada cual tiene su risa, personal e intransferible. A carcajadas o más discreta, más aguda o más grave, con más o menos aire… Pero es una risa única. ¿Puede haber algo más bello? Sí, una risa compartida. Aunque a Marc no le pareció tan bello comprobar que Paula no reía sola. Lo hacía en compañía de un fotógrafo, al que había invitado para hacer una performance en su ponencia. Marc pudo ir a saludarla, pero optó por esconderse y esperar a que se fueran.

     Ambos dieron su charla, cada uno en su sala (pared con pared) y, al salir, Paula creyó oír la voz de Marc. Sin embargo, al girarse y ver de espaldas al “propietario”, no lo reconoció. ¿Cómo iba a reconocerlo? Había pasado mucho tiempo y su figura no era la misma, ni llevaba el pelo igual. También había cambiado su forma de vestir…

     Paula sacudió su cabeza y siguió andando por el pasillo maldiciéndose por no haber borrado la voz de Marc de su cerebro, sin caer en la cuenta de que ese no era un acto voluntario. Como una huella en la arena que el agua no consigue erosionar, su voz seguía ahí. Pero no porque ella quisiera. Lo había perdonado y olvidado desde hacía mucho tiempo.

     Y se juró que lo que no iba a borrar nunca, era su propia sonrisa. Aunque silenciosa, nadie se la iba a quitar jamás. De hecho, se le dibujó una muy grande pensando que iba a reunirse para comer con su fotógrafo.

 

4 comentarios sobre “El maravilloso mundo de la voz

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