Lugares mágicos

     ¿Qué tiene de especial un banco en un parque? Si lo piensas, hay millones de bancos en millones de parques. Lo que hace único a un lugar es lo que significa. Lo que has vivido o esperas vivir allí. Imagínate una isla paradisíaca. Sueñas con ir allí. La tienes idealizada. Después llegas y la compañía aérea pierde tu maleta, está todo lleno de mosquitos y en la habitación del hotel no hay aire acondicionado que sofoque los cuarenta grados de fuera… Ya no parece tan idílico…

     Y al contrario: llegas a un sitio sin muchas expectativas y resulta ser una de las experiencias más increíbles de tu vida. Bien por lo que vives allí o por quién te acompaña.

    Muchas veces, cuando quedo con amigos y me preguntan dónde vamos, suelo contestar “el sitio es lo de menos”. Y es verdad. Lo importante es la compañía y qué más da donde vayas. No hace falta que sea un lugar simbólico o el más bonito. Ya se convertirá en especial una cafetería, un paseo marítimo o un portal.

     El otro día en las redes sociales vi esta preciosa foto de Pili Soler, fotógrafa de l’Eliana, y me quedé un rato mirándola:

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     Me inspiró unas líneas que os dejo más abajo. Muchas gracias, amiga, porque tienes un don para captar la esencia de los lugares y de los momentos. No dejes nunca de mostrarnos tu visión de la vida.

      Y gracias a ti, por leerme. ¡Hasta el próximo martes!

www.lolamartinez.es

 

LUGARES MÁGICOS

     Ya había anochecido y hacía frío y humedad. Era una de esas noches en las que, si no te tapas hasta arriba, se te congelan hasta las pestañas. Y allí estaba la parejita. No discutían. De hecho, apenas hablaban. Se miraban con los ojos muy abiertos, conteniendo las lágrimas. Probablemente sería la última vez que estarían tan cerca el uno de la otra. Él cogió la mano de ella entre las suyas, temblorosas. Una lágrima asomó por su mejilla. Ella bajó la vista para ocultar que también estaba llorando. Durante un largo minuto se miraron a los ojos.

     – Entonces, lo dejamos, no? – dijo ella

     – Sí, será lo mejor – contestó él

     Se dieron un último beso y se marcharon cada uno por un lado, quedando el banco vacío, pero con una experiencia más. Y cada vez que uno de los dos pasara por allí, recordaría ese momento. Seguro.

—————–

     Los domingos por la mañana, el parque suele estar abarrotado de gente. Y más aún si luce el Sol. Ese día había un montón de familias, mascotas, deportistas… Y, en concreto, una pareja con una preciosa niña rubia de ojos azules que iba patinando y, al pasar por delante del banco, se resbaló y cayó.

     Su sueño era ser patinadora y competir. De hecho, iba a clases de patinaje y parecía que apuntaba maneras. Así que, te puedes imaginar el disgusto de la pobre niña cuando perdió el equilibrio y su trasero aterrizó en el suelo. Empezó a llorar, pero no porque se hubiese hecho daño, que también, sino porque se había hecho daño por dentro. Pensaba que no lo conseguiría. Si se había caído en un parque, también se caería en la pista.

     Entonces, sus padres se acercaron a ayudarla y los tres se sentaron en el banco. La madre, que ya se imaginaba lo que pasaba por la cabecita de su hija, le dijo:

     – Mira Paula, ¿te has fijado en los árboles?

     – ¿Qué les pasa? – contestó la niña entre sollozos

     – Pues que hace unos meses estaban más pelados que la cabeza del tío Andrés, y ahora están preciosos, llenos de hojas y flores.

     La niña levantó la cabeza y su increíble mirada azul contempló el espectáculo que su madre estaba describiendo.

     – Todo lo que se cae, se vuelve a levantar. A veces, incluso con más fuerza – continuó la madre

     – Menos el pelo del tío Andrés, que no le vuelve a salir ni a tiros… – añadió el padre

   Los tres rieron. La niña abrazó a sus padres y comprendió perfectamente lo que trataban de explicarle. Así que, se levantó y, mientras se alejaba patinando les dijo:

     – Bueno, ¿seguimos o qué?

——————

   Como cada miércoles por la mañana, el mercado ambulante llegaba al pueblo causando bastante revuelo. Aparcar se volvía una misión imposible, la gente iba cargada con bolsas de aquí para allá, etc. Era como una pista de baile con distintos ambientes musicales, en la que cada cual se movía a su son.

     Y, entre la multitud, una pareja de ancianos volvía de hacer una pequeña compra para su bisnieto recién nacido. Llevaban unos pantalones vaqueros minúsculos (que más que para un niño parecía que eran para un muñeco) y una minicamisa de cuadros. ¡Estaban tan ilusionados por volver a verle la carita al pequeño Pau…!

     Los dos se ayudaban de un andador, pues él pasaba ya de los ochenta y ella estaba a punto de cumplirlos. Al pasar por delante del banco, él se cayó. Ella vio cómo se desplomaba y aquellos segundos le parecieron horas. No pudo evitar su caída.

     El hombre quedó en el suelo inconsciente. A la mujer se le iba la vida pidiendo auxilio. Lucía, una chica que, casualmente pasaba por allí, corrió a socorrerla.

     – ¿Qué ha pasado, señora? – preguntó Lucía

    – ¡¡Mi marido!! ¡Se ha caído y no puede moverse! – contestó la mujer mayor

   Cuando Lucía vio al señor tendido en el suelo, se temió lo peor. No sabía si debía moverlo o no (en determinados casos puede ser contraproducente). Así que llamó al 112 para pedir ayuda. Mientras, se acercaron dos chicos más. Al poco llegó la policía, pero la ambulancia no aparecía… Intentaban reanimar al señor pero, como no reaccionaba, decidieron levantarlo entre todos.

     – ¿Estáis seguros? – preguntó temerosa la chica

     – Sí, vamos a levantarlo, a ver si así se despierta – propuso uno de los policías, mientras el otro volvía a llamar a la ambulancia

    Lucía estuvo todo el tiempo cogiendo las manos de la señora entre las suyas, intentando calmarla.

     – Señora, no se preocupe, que su marido se va a poner bien, ya lo verá. Y todo habrá quedado en un susto – aunque, con un nudo en la garganta, Lucía se temía lo peor. De reojo, veía cómo el hombre recobraba la consciencia unos segundos, para volver a perderla. Era como si estuviesen asistiendo a sus últimos momentos.

     – Si yo no quería salir hoy, pero mi marido se empeñó. Me dijo que le comprásemos algo a nuestro bisnieto recién nacido, y así me obligaba a salir y caminar…

    – Usted no se preocupe, que estas cosas pas…

    – Señora, ¿ha visto si marido tropezaba o se ha desmayado? – la interrumpió uno de los policías, mientras su compañero seguía llamando a la ambulancia.

    Por fin llegó el SAMU, pero ya era demasiado tarde. Se llevaron a un cuerpo inerte. El camino del hombre terminó unas pocas horas después. Así que, efectivamente, estaban asistiendo a su último aliento.

    El personal sanitario anunció que no podía dejar subir a la señora en la ambulancia. Esta casi se desmaya.

     – No se preocupe, que usted no se queda sin al hospital al lado de su marido – dijo Lucía, apretándole fuerte las manos.

     Menos mal que la chica estuvo al lado de la señora en todo momento. Ninguna de las dos olvidará nunca ese día, ni la escena ocurrida delante del banco del parque.

     La muerte del marido, se llevó la vida de la mujer, que falleció también unos meses después. Pero en el tiempo que le sobrevivió, no pasó un solo día sin que pensara en Lucía con una pequeña sonrisa. ¡Había esperanza!

     Y Lucía quedó marcada para siempre, pues era la primera vez que veía a alguien debatiéndose entre la vida y la muerte. Desde entonces, decidió que la vida había que vivirla al máximo, cada minuto, cada segundo, porque podría ser el último.

     De nuevo, el banco quedó solitario, acumulando otra historia más a su larga lista. Un rincón de un parque, como otro cualquiera, pero con mil y una vivencias amargas, divertidas, románticas… Por eso creo que hay magia en los lugares.

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